La gran estafa.

Hace unos cuantos dias, por cuestiones de practicidad, me subí a un microbús y pagué con un billete de 50 pesos de esos nuevos de plástico-rosa-gay que por cierto no me gustan porque se supone deben ser más resistentes y siempre se están rompiendo de las orillas. A lo que el chofer respondió:

- “Orita le doy su cambio.”

Inmediatamente, la Chilindrina se apareció en mi cabeza y dijo:

La Chilindrina

Ojo, mucho ojo.

Pero decidí no hacerle caso a un personaje acartonado y unidimensional que ni siquiera tiene programa al aire y entregué el billete. Y es que dentro de mi todavía queda un resabio de fe en el género humano. Sólo que olvidé que los microbuseros son unas bestias que no entran en esa clasificación y están justo atrás de changos y lemúridos, abajo de babosas, caracoles y apenas arriba de los organismos unicelulares. Y sí, aprovechándose de que venía concentrado en cosas más importantes, como la absoluta dominación del universo y la forma menos dolorosa de doblegar a la raza humana, el anélido aquel se quedó con mi cambio.

Y como yo soy ese que nunca cuenta los cambios, permanecí en un estado de ignorante felicidad hasta el día siguiente cuando de repente las cuentas nomás no salían y recordé esa mano callosa y regordeta recogiendo el billete y esa boca de olán engañándome con sus palabras. Ya me lo habían advertido, pero tuve que vivirlo en carne propia para entenderlo. Nomás por eso, voy a poner Metrobús en Avenida Reforma cuando sea jefe de gobierno.

Aún mejor, un tranvía como el que se llevó al Camellito en Nosotros los pobres o Ustedes los Ricos o sabrá Dios cuál de esos entrañables bodrios y que tanto hizo llorar a Chachita o la Tucita o alguna de esas roedoras que salían ahí, y en el que a su vez Frida Kahlo tuvo un horrible accidente cuando quedó atravesada por un tubo, pero artísticamente cubierta de brillantina dorada, como bien nos enseñó Salma Hayek en ese detallado compendio histórico llamado “Frida”.



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