El pelón.
El día de hoy, que fuí a la Universidad Latinoamericana, en la dirección de la escuela de derecho, estaba sentdado junto a mi un muchacho que sostenía entre sus manos una calva cabeza como en medio de una gran tribulación. Bastaba un momento para darse cuenta que no era preocupación lo que lo motivaba. No paraba de frotarla con gran sorpresa y curiosidad, como descubriéndola por vez primera. Y así era. Por toda ella había cortadas y escurrían hilillos de sangre como señal de un reciente encuentro con la navaja, especialmente en la parte de atrás, ahí donde no podía ver mientras se rasuraba. Su piel estaba irritada y enrojecida, pero una sombra verde recorría todo el cráneo y se extendía por cada lugar en el que hasta hacía muy poco había habido una abundantísima cabellera.
Cada poro parecía albergar un cabello y hasta dos, habría sido la envidia de aquellos que se rasuran como queriéndole ganar a la calvicie.
- “Al fin que me gusta estar así.”
Dicen ellos antes que la vida los tome por los pelos y eliminan esa tímida pelusa que ya se niega a salir, supuesto en el cuál, por desgracia y genética, estaré algún dia, pero esa es otra triste historia.
Él por el contrario gozaba de un exceso de cabello y parecía estar haciéndolo como parte de algún rito de iniciación o con el fin de mejorar su rendimiento deportivo. Tal vez natación pero más seguramente fútbol americano, pues en él se notaba la acción del sol, mas no despedía el característico aroma a cloro que para los que nadan se vuelve imperceptible, pero que es distinguible a varios kilómetros de distancia.
Exploró fascinado cada pliegue y arruga sin encontrar siquiera una idea pero memorizando las nuevas formas de su cabeza. Y así hasta que lo recibió el director. Cuando estaba en el kinder tenía un compañero pelón que despedía lo que a mi me parecía era un aroma a huevo. Un olorcillo repugnante que me hacia imaginar a su madre untándole yemas para que el pelo le creciera chino o brilloso o menos necio quizá. Es curioso como las madres emplean el conocimiento empírico y piensan que si cada vez que se rasuran las piernas el pelo les sale más grueso y rizado, funcionará igual en la cabeza de sus niños. Craso error. Llegué a pensar incluso que no era su madre sino una sustancia con olor a huevo que despedían todos los pelones, tan desafortunados ellos, pelones y apestosos. Una sustancia que habría llamado Pelonina. Pero creo que no ¿verdad?
Gracias por leer esta historia. Ahora puedes dejar un comentario (0) o dejar un Trackback.
Información del Post
Esta entrada fue publicada en Octubre 4, 2007 bajo la categoría Cosas que solo a mí se me ocurren. Tags:Puedes seguir las respuestas a esta entrada mediante el Comment Feed. Puedes dejar un comentario, o un trackback.
Historia Anterior: Clasificados en Costa Rica. »
Historia Siguiente: La gran estafa. »




