Olores.

El otro día comí verdolagas y me fascinaron. Y eso fue porque no sé a qué saben ¿Alguien sabe? Dígamelo ya. No son dulces como la zanahoria, ni saladas como el apio, son más bien agridulces, pero más que a un sabor, me saben a una sensación, a una emoción, me saben como a ganas de llorar. Su gusto ácido te llega dentro hasta las glándulas salivales, de ahí sube hasta las lacrimales y por si algo faltaba, en el camino hace un nudo en tu garganta.

Eso me pasa seguido, que la comida me sabe a una sensación, o las emociones me saben a algo, los colores me hacen agua la boca y por eso siento ganas de comerme a las señoras que visten de morado.

También los olores me saben a sensaciones. Hace unos días la tierra mojada me olió igual que ese trapo con que envolvían el hielo con el que me sobaban la cabeza cuando me hacía un chichón.

Ese que además de la tela planchada al contacto con el hielo, olía a la mezcla del sudor y la tierra en que me había caído y que formaba surcos renegridos en mi cara, todo esto junto a ese olorcito a peligro que baja por la nariz cada que nos golpeamos y que se parece al alcohol, porque despeja la nariz y te hace estar alerta y reaccionar. Supongo debe ser el aroma de la adrenalina o el cortisol. Y ese efluvio etílico que baja por la nariz con los golpes también lo hace con las emociones fuertes y sustos. Fíjense y verán.

¿A qué huelen sus emociones?



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